Opinión: Colaboración estratégica para la educación superior

Por Joel Saavedra Alvear, vicerrector de Investigación y Estudios Avanzados PUCV, miembro de la Red de Vicerrectores de Investigación e Innovación de CINDA.

28.07.2020

La pandemia causada por el Covid-19, junto con develar la fragilidad de todo lo que creíamos consolidado en el ecosistema de Educación Superior, nos ha planteado una serie de interrogantes y desafíos que debemos asumir con urgencia y con una mirada de largo plazo.

Desde esta perspectiva, se asoma como prioritaria la necesidad de desarrollar una agenda de colaboración estratégica para la educación superior, con un marcado énfasis en lo interdisciplinario y colaborativo, que se inicie con un diálogo al interior de nuestras instituciones y se vaya fortaleciendo con diversas miradas de la realidad local, nacional, regional y global.

Para generar estos espacios de diálogo, el punto de partida debería ser: 1) el valor de lo público y lo social en la formación de personas; 2) la relevancia de la investigación interdisciplinaria y la cooperación científica para resolver problemáticas de alto impacto global, y 3) la necesidad de avanzar hacia un nuevo modelo económico que, junto con satisfacer las necesidades básicas de la sociedad en su conjunto, garantice educación de calidad para todos.

Un buen punto de inicio para este diálogo podría estar en la socialización al interior de nuestras instituciones de las experiencias de éxito que se hayan registrado en las diversas unidades académicas que participan en el proceso formativo de los estudiantes de pre y posgrado. De esta manera, la información recogida luego podría ponerse a disposición del resto de los integrantes del ecosistema local de educación superior, con la finalidad de establecer un protocolo de buenas prácticas, con un sello regional distintivo.

A su vez, es importante destacar que las alianzas internacionales se tornan necesarias para el desarrollo de los postgrados, sobre todo a nivel de doctorado. Así, estos aportes podrían escalar progresivamente a estadios mayores con el objetivo de construir entre todos, un sistema educativo con un sello distintivo que nos identifique como país. De esta manera, podríamos dejar atrás la práctica de copiar modelos educativos exitosos a nivel global, que al ser creados para sociedades muy distintas a la nuestra terminan siendo un fracaso.

En este proceso, la generación de conocimiento, muchas veces excluida de los principales temas de la agenda pública, ha cobrado nuevo valor. En este sentido, el Covid-19 ha demostrado la necesidad imperiosa de promover la cooperación científica y el trabajo interdisciplinario, nacional e internacional para aumentar las capacidades de investigación y desarrollo tecnológico. Esto es relevante si consideramos que la tecnología nos ha permitido estar conectados a pesar del distanciamiento social, haciendo posible mantener en pie los procesos de enseñanza-aprendizaje a todo nivel.

En este punto, ya no es una utopía pensar que la inteligencia podría ser una buena respuesta para avanzar hacia una educación sin límites, donde los académicos dejen atrás el trabajo administrativo, para enfocarse en la entrega de conocimientos o en el desarrollo de investigaciones que incluyan a sus estudiantes y sus particularidades, lo que implica el fin de procesos estandarizados de aprendizaje que en muchos casos no aprovechan al máximo las capacidades de las personas.

De esta manera, inyectar los recursos necesarios para profundizar el trabajo colaborativo entre países, universidades y centros de investigación nos permitirá potenciar nuestras capacidades para enfrentar nuevos escenarios que, como hemos visto, a veces se presentan sin aviso, causando efectos devastadores para la sociedad. 

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